Recuerdo cada una de las noches de aquel verano de 1953. "El nenúfar gris" se encontraba en su máximo esplendor y por fin tenía bajo mis órdenes a las mujeres más bellas de todo Miyagui. Cada aterdecer escogía el kimono que mejor combinaba con mi estado de ánimo y seguía el mismo principio para seleccionar la pipa en la que fumaba pequeñas dosis de opio. Aquella noche lucía seda roja cubierta sutilmente por numerosos abanicos desplegados que reposaban sobre enormes nubes doradas. En el interior de cada uno de ellos había dibujadas cientos de pequeñas rosas azules y verdes que otorgaban al kimono aquella especial energía.
Así me sentía yo aquella noche. Joven, feliz, abierta a todas las posibilidades y todavía convencida de que los sueños podían hacerse realidad....
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Así me sentía yo aquella noche. Joven, feliz, abierta a todas las posibilidades y todavía convencida de que los sueños podían hacerse realidad....
Conocí a Coral el 23 de agosto de 1968. Aaron estaba preparando su viaje a Inglaterra. La Universidad de Oxford le había invitado a impartir un curso de filosofía para graduados y había aceptado de buen grado la posibilidad que se presentaba ante sus ojos. Siempre había deseado ir a aquella universidad. De hecho creo que, en el fondo, aún no se había perdonado haberle hecho caso a su padre y seguir con la larga tradición familiar de estudiantes en Yale. Aquella mañana había llegado al trabajo algo más temprano de lo habitual. Aaron me había pedido una serie de libros para poder leer durante el vuelo y quería tenerlos listos antes de que empezara el ajetreo con la organización de los nuevos ejemplares para el inicio del año académico. Los primeros estudiantes habían empezado a llegar al Campus y, aunque todavía faltaban diez días para el inicio del curso, ya se respiraba en el ambiente el tradicional nerviosismo de esta época del año. Las visitas a la biblioteca no eran frecuentes. A parte de los profesores que vivían en el campus y algún que otro estudiante que prefería el estudio durante las vacaciones a la diversión propia de su edad, en esta época del año, apenas teníamos visitas. Por eso, cuando oí su voz detrás de mí apenas pasadas las nueve de la mañana de aquel día, no pude evitar asustarme. Desde luego, nunca se está lo suficientemente preparada para contemplar la imagen que contemplé cuando me di la vuelta.
Alta, pelo corto y piel ligeramente bronceada. Llevaba unos tejanos azul claro y una blusa de manga corta. Su cuerpo se adivinaba perfecto, sí, de esa perfección que las mujeres siempre deseamos y que incluso envidiamos cuando la descubrimos en las otras. Pero lo realmente bello de su cuerpo eran los ojos que iluminaban su rostro. La intensidad y el brillo de su mirada me cautivaron desde el principio. Aquel verde intenso jamás he vuelto a encontrar. A simple vista calculé que tendría tres o cuatro años menos que yo y, por su aspecto, deduje que debía de tratarse de una estudiante de ciencias. Aquella serenidad en el aspecto y la combinación de los colores que había realizado para aquella cálida mañana del mes de agosto eran propias de alguien mentalmente estructurado. Por este motivo la petición que realizó me sorprendió tanto…
© Extracto de "Sin título..."
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Alta, pelo corto y piel ligeramente bronceada. Llevaba unos tejanos azul claro y una blusa de manga corta. Su cuerpo se adivinaba perfecto, sí, de esa perfección que las mujeres siempre deseamos y que incluso envidiamos cuando la descubrimos en las otras. Pero lo realmente bello de su cuerpo eran los ojos que iluminaban su rostro. La intensidad y el brillo de su mirada me cautivaron desde el principio. Aquel verde intenso jamás he vuelto a encontrar. A simple vista calculé que tendría tres o cuatro años menos que yo y, por su aspecto, deduje que debía de tratarse de una estudiante de ciencias. Aquella serenidad en el aspecto y la combinación de los colores que había realizado para aquella cálida mañana del mes de agosto eran propias de alguien mentalmente estructurado. Por este motivo la petición que realizó me sorprendió tanto…
© Extracto de "Sin título..."
Siempre triste. Así te encontré hace algún tiempo. Sonreías para mí porque era lo que necesitaba. Aquello que tocaba en un momento en el que el tiempo no importaba. Entonces ninguno de los dos sabía que sucedería al día siguiente. Yo me esforcé en salvarte a pesar de lo poco ya me quedaba por darte. Una mañana la luz iluminó tu rostro. Lloré. Un gran alivio recorrió mi interior. El miedo se alejó. Casi logró abandonarme. Pero hoy lo he visto. Te he mirado a los ojos y ese viejo fantasma, al que creía encadenado y olvidado en algún rincón del norte está de nuevo en ti. Tú no eres aquel. Yo no soy aquella. Ahora hay demasiado entre los dos. No hay fuerzas, no hay esperanza, no hay vida…
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Más de mil días sin saber de ti. Sin verte, sin leerte, sin escucharte. Como sabes, la vida no se detiene jamás y evidentemente no iba a hacerlo por nosotros. Todo ha seguido su curso. No sé si el lógico, el esperado, el deseado, el correcto... aunque así ha sido. En ocasiones he pensado en ti. No voy a negarlo. Ha habido momentos complicados en estos 1095 días que hubiera deseado compartir contigo. He necesitado que me escucharas, que me aconsejaras con esas palabras tuyas siempre llenas de sabiduría y paz. Pero no estabas. He respetado tu marcha, tu silencio, tu actitud de salir de mi vida para siempre. Tan sólo han hecho falta más de mil días para que quieras volver a mí, a nuestras charlas prolongadas hasta el amanecer, a nuestros paseos bajo la nieve en esa gran ciudad que es Nueva York. Ya sabes que la diplomacia no es una de mis virtudes pero permíteme que decida si para ti, para tu regreso y todo lo que ello representa estoy apagada o fuera de cobertura.
Para "B"
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Para "B"
Acabo de comprobar que mi relato no está entre los diez finalistas del III Certamen de Narrativa Breve. Me he encendido un cigarro, me he servido una copa de bourbon y he continuado escribiendo mi novela...
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